Con un suspiro ambiguo, los cubanos despiden las vacaciones. Lo equívoco de la emoción está plenamente justificado. Atrás han quedado, a la par, el descanso y la agitación, el placer y el tormento. Aunque el sol siga rajando cráneos, piedras y paciencia, declina el flujo de bañistas hacia el litoral. Ha muerto para los cubanos la temporada de playas por excelencia, el deleite de las aguas frescas, casi tibias del verano, las infinitas arenas, el desfile de cuerpos y sucesos agraciados y menos agraciados.
Desaparecen cosas buenas y malas, simultáneamente. Se extravía el paisaje de mujeres en tanguitas espectacularmente atrevidas -y para que no haya lío con el enfoque de género, dejo a las mujeres disfrutando el recuerdo de hombres jóvenes, sometidos este año a una grotesca moda de shores floreados y largos hasta la rodilla que sacaron de la pasarela a las tarzánicas trusas, a las que permanecieron fieles algunos roídos flacos como yo, para deleite femenino. Quedaron atrás la risa y el juego libre y oxigenante de mis hijos, cazadores de algas, peces y latas de cerveza abandonadas en la arena, y el acoso de esos dulces tiranos para tomarme de trampolín entre las olas, sin consideración alguna hacia mi cervantina osamenta. Se fue la época vacacional por tradición, el trago entre amigos, la fiesta, la semana durmiendo a pierna suelta, pero sobre todo la playa, en la cual se bañaron y tostaron, con escapadas de fin de semana –y subrepticiamente durante la semana laboral también-, hasta muchos compatriotas que debían permanecer anclados en el trabajo. La moneda tiene otra cara. El término de agosto pone punto final al estrago financiero de los ahorros tesoneramente amasados a lo largo del año y escurridos en unas pocas semanas bajo la competencia entre empleados gastronómicos del Estado y merolicos privados, que recorrían el litoral con su oferta de bocaditos de jamón, paleticas de helados “envuelticas en chocolate, vaya”, galleticas dulces, pan con lechón a cinco pesos, “óyelo bien a cinco pesos nada más (?), cajitas de comida y bolitas de maní molido envueltas en un caramelo que se derretía bajo el sol, como el dinero del consumidor bajo el ataque de una oferta gastronómica revitalizada este año, de manera sorprendente, en Guanabo, Boca Ciega, Santa María del Mar y otras playas del Este de La Habana. Sin exagerar los aplausos, alguna mejoría se notó en la oferta gastronómica: más en cantidad, que en precio, calidad y estabilidad. El Estado colocó ese punto en las carpetas de los ministerios de Economía y Comercio Interior. Con el mismo espíritu reforzó en las playas el transporte, un anticipo quizás de las mejorías anunciadas en voz baja por el ministro de Transporte, Jorge Luis Sierra, quien espera que el anémico servicio de transportación urbana reciba una transfusión china antes de fin de año. De hecho ya ruedan por las calles, sino las guaguas, al menos los rumores de que están llegando los primeros Yutong para la capital. Y no falta quien comenta que ya vio alguno, con el mismo misterio que hablaría acerca de la aparición del jinete sin cabeza en las noches sin luna o de la polémica y esperada decisión cubana de no participar en el próximo Mundial de Boxeo –la trastada Rigondeaux-Lara, el vuelo de los halcones de la industria del boxeo profesional y la consecuente decisión del gobierno cubano costarán cara a la carrera deportiva de otros púgiles cubanos y a un pueblo que suele seguir con arrebato la entrada de sus boxeadores al ring mundial.
Una cosa demostró este verano: la gente tiene dinero. Si la venta gastronómica fluyó con éxito –y varios vendedores le confirmaron sus beneficios a este humilde servidor- es porque existe una demanda, que como le gustaría decir a Keynes, es demanda solvente. En la economía cubana, abundan misterios que pudieran poner en crisis a algunos economistas y políticos del más allá y del más acá. Mi vecina Mara no pierde tiempo en análisis teóricos, ni keynesianos ni marxistas. Simplemente, necesita dinero y sabe que lo puede conseguir en Cuba. Cada vez que regresa del trabajo por la tarde, abre la mesita en el portal y empieza a pintar uñas, convencida de que redondeará la suma que necesita para arreglar el baño, poner fin al salidero que amenaza sus finanzas mensuales y sellar la paz con su vecina del apartamento de abajo. De paso, Mara saca algún dinero para pagarle a una costurera el ajuste del uniforme recién comprado al hijo, que comienza el primer grado de la escuela primaria en el curso que abre sus puertas el 3 de septiembre. Para suerte de ella, Ernesto apenas tiene cinco años. No enfrenta Mara, por tanto, dilemas similares a los de Concha, batida con la nieta de 16 años que se empeña, con terquedad adolescente, en llevar el uniforme del Instituto Politécnico de Informática a las medidas que dicta la moda. Como siempre, el final de las vacaciones se confunde con el reinicio de las clases. Los niños apuran sus aventuras en chivichana y patines, mientras los padres tratan de comprometerlos en el ejercicio de forrar los libros que ya les entregó gratuitamente el Estado. El ministro de Educación, en tanto, anuncia a la prensa que Cuba es el país que cuenta con más maestros por habitantes y el que más maestros necesita, apenas la punta del iceberg de los conflictos internos que genera un sector masivo en la misma medida en que otorga fortaleza a la cultura y la sociedad cubanas. Pero eso es tela o papel para otra crónica. Hoy todavía quedan todavía 48 horas para el inicio del curso. Ahora mi mujer acaba de dorar una panetela con chocolate derretido y si no me apuro los niños… |