El asunto emerge en los lugares aparentemente menos proclives a tales conversaciones. Entre cerveza y cerveza, un corrillo olvida la pachanga, se engrifa casi con ojeriza y alza la voz sobre la rumba de los Marqueses de Atarés en el carnaval habanero, que volvió una vez más a dominar las noches del kilométrico malecón habanero, muy cerca, por cierto, de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba. ¿Bailarán dentro de ese edificio? Probablemente sean más adictos al debate que entretiene también a un grupo aglomerado a la entrada del circo, no lejos de los círculos sociales del litoral capitalino donde a la luz de la luna un piquete de jóvenes desvía la atención, desde las casi desnudas caderas de una mulata digna de Carlos Enríquez, hacia el tema del momento. Hasta en las bases de campismo del extremo opuesto de La Habana, algunos vacacionistas huyen de playas y piscinas y corren a las oficinas en busca de los periódicos, para leer la noticia que oyeron por la radio. Los medios de prensa vuelven a dominar la escena cubana. Un voceador de diarios arrebata la audiencia a una pregonera que con sus “huevos, vaya coge tus huuueevoooos” intenta subvertir la paz de mi barrio, justo en los momentos en que un rival anuncia “pastelitos de guayaba a peso; a peso de guayaba los pastelitos” y yo narro esta historia. En su nuevo rol de columnista en jefe, Fidel Castro se ha robado la atención de los lectores con reportes sistemáticos de un suceso inédito en la historia deportiva de la Revolución: la vuelta a casa de los dos boxeadores cubanos que desertaron en los recientes Panamericanos de Río de Janeiro.
La noticia ha causado más sorpresa en la isla que el abandono mismo que hicieron Guillermo Rigondeaux y Erislandy Lara de la delegación deportiva nacional. Aquel suceso dejó en un palmo de narices las esperanzas de medalla de oro depositadas en ellos por sus compatriotas, pero tuvo menos impacto que el regreso, ocurrido la pasada semana. El aviso inicial corrió como la pólvora. Para confirmarlo, la gente buscó en la prensa cubana las reflexiones del Comandante en Jefe que hicieron oficial la noticia. El debate ha desplazado en las habituales peñas deportivas del Parque Central, en La Habana, y la Plaza de Marte, en Santiago de Cuba, al triunfo del equipo criollo de béisbol en el Torneo de Rótterdam este fin de semana. ¿Volverán a integrar el equipo Cuba ambos boxeadores? La polémica divide a los contendientes. Unos no quisieran oír más esos nombres. La traición les dolió como un nocao. Otros insisten en que la Revolución Cubana ha demostrado suficiente altura moral y el gobierno podría perdonarles la pifia, tras la limpieza de guantes que sigue al correspondiente conteo preventivo.
Pero pocos se lanzan a fondo. Aún abundan puntos oscuros en la versión de Rigondeaux y Lara. Y lo peor: como quiera que se digiera la historia, deja el sabor de que ambos púgiles han hecho el papelazo más triste en la historia del deporte cubano. Perdieron la posibilidad de conquistar una medalla más en su carrera competitiva, por andar de juerga tras un bello culo brasileño o un vulgar play station. O por intentar emigrar hacia el boxeo profesional –para colmo, sin éxito, acota un bando de críticos. De cualquier manera, se traicionaron a ellos mismos en más de un sentido. En su reflexión más reciente, Fidel dejó entrever que las puertas del ring están cerradas para los dos boxeadores: “Llegaron a un punto sin retorno como parte de una delegación cubana en ese deporte”, escribió, luego de afirmar que “el atleta que abandona su delegación es como el soldado que abandona a sus compañeros en medio del combate”. El comentario agregó leña al fuego de la polémica en una nueva dirección. Ante la amenaza de que el profesionalismo se siga cebando con los atletas formados en Cuba, Fidel alertó sobre la posibilidad de que la Isla no acuda al Campeonato Mundial de Boxeo en Estados Unidos, uno de los tres eventos clasificatorios para participar en la Olimpiada de Beijing. “Las autoridades deportivas (cubanas) están analizando todas las variantes posibles, incluyendo cambiar la lista de boxeadores o no enviar delegación alguna, a pesar de los castigos que nos esperen”. ¿Será tan trágico el costo final del capítulo Rigondeaux-Lara? Pesadas incógnitas gravitan hoy sobre el futuro del deporte cubano y calientan la controversia popular, al punto de opacar otros sucesos de la vida política pública y subterránea en Cuba. Entre los primeros, la noticia de que los abogados de los Cinco cubanos prisioneros en Estados Unidos por luchar contra el terrorismo acudirán el próximo 20 de agosto a la tercera vista oral ante el 11no. Circuito de la Corte de Apelaciones de Atlanta, en lo que es considerado ya uno de los procesos judiciales más largos en la historia estadounidense. Las recientes entrevistas concedidas por Gerardo Hernández a la BBC y por Leonard Weinglass, abogado de Antonio Guerrero, a Gloria La Riva, coordinadora del Comité Nacional por la Liberación de los Cinco en Estados Unidos, revivieron moderadamente las esperanzas de los cubanos por cinco de los hombres que más admiran hoy: Gerardo, Antonio, René González, Ramón Labañino y Fernando González. El otro acontecimiento político que ha cedido relevancia ante los golpes del show boxístico fluyó en el inframundo del correo electrónico. Mientras la vida transcurre relativamente tranquila y ajena a la polémica en los medios de prensa nacionales, la batalla ideológica intentó cobrar vigor de nuevo en los últimos días a cuenta de diferencias de criterios manifestados, no siempre con elegancia ética y altura intelectual, en cartas abiertas y reenvío de artículos vía e-mail. Pero ese es tema que propondré yo a algún otro colega de Cubaprofunda, porque ahora detengo esta crónica para bajar a comprar los “pastelitos de guayaba a peso” y los “bistec prematuros” que siguen voceando los pregoneros de dulces y huevos, en esa otra terrenal, encarnizada y mercantil polémica de barrio. |