La serpiente se desliza por la calle Aguilera. Nudosa, ardiente, voraz, bullanguera. Pero nadie se espanta en Santiago en Cuba. Al contrario; anfitriones y visitantes vuelan en andas, sobre la tradición, hacia el Parque Céspedes para ver uno de los momentos de gloria de la Fiesta del Fuego, el Desfile de la Serpiente, que sirve de lanzamiento este año al programa nacional del verano.
Después de pasar por el Boulevar, las comparsas y cabildos se aglomeran, en impaciente espera de turno, en el cruce de Aguilera y San Félix, para recorrer la última cuadra hasta la plaza de las evoluciones, frente al edificio de gobierno. En la esquina de contención, una steel band cubana arremete, desde un viejo camión ruso Zil, en una fogosa descarga donde las sonoridades del caribe anglófono no consiguen esconder el temblor acústico de la conga santiaguera. Todo se enmaraña y se descubre, a la vez, en esta fiesta del alma: la sangre, la danza, los santos, la burla, el apetito sexual por unas caderas mulatas que las contorsiones del ritmo desnudan a pesar de mil sayones… Los suaves metales de la steel band se enredan con tambores cubanos, trompetas dominicanas, conjuros haitianos, violines mexicanos, y corren el riesgo de perecer entre los chiflidos y piropos que levanta un macho asado que viaja, exhalando promesas doradas, sobre un carrito de vendedores empeñados en hacer su agosto con bocaditos de cinco pesos. Pero se desesperan los mercaderes porque entre el gentío no encuentran un rincón para poner el campamento. Y siguen en un subibaja infructuoso, en cruz sobre la calle ocupada por la Serpiente. A pocos pasos, Rita María aborda a un habanero perdido que, sabia y oportunamente, confunde a la bella santiaguera con una novia que tuvo 15 años atrás, para mayor confusión de Rita María. El habanero no sabe a dónde mirar. Sus ojos los atrapa ahora la sonrisa pícara de Yaquelín, que se le escabulle al padre y a los guardianes del orden y se lanza a bailar entre las filas de un comparsa, mientras el padre trata de coordinar los Jardines de su propio cabildo. En este jolgorio bailan hasta los narradores y filósofos. Y desde sus dos añitos, Haizea se encarama sobre los hombros de la madre, con una chambelona azul en la boca azul, para tratar de descifrar de dónde viene cada acorde. A un par de cuadras de distancia, en la calle Heredia atruenan las bocinas de un viejo magnetófono donde corren cintas Orwo reproduciendo boleros y más boleros, en la tienda de libros de uso La Escalera. Adentro comparten las paredes obras antológicas, manuales amarillos, recortes de periódicos, tarjetas de presentación de cientos de visitantes y dos enormes cuadros: uno, del Che riendo en el descanso de un trabajo voluntario; el otro, del Sagrado Corazón de Jesús. Entre los libros asoma El cimarrón, de Miguel Barnet, el hombre que justo esta mañana rememoró la frase “Esta es Santiago, no os asombréis de nada”, durante la presentación del número especial por el décimo aniversario de la revista Excelencias del Caribe. El dueño de la librería, Eddy Tamayo, dormita en la acera, acunado por el estruendo rítmico de Santiago. Solo abre los ojos para asistir a la puja comercial que Julio César mantiene, a escasa distancia, con una pareja de europeos interesados por un tambor batá. El artesano les explica cómo se utiliza el instrumento y hasta les ofrece una rebaja de 20 a 15 pesos convertibles, cucos, dólares, vaya. Pero sin éxito. Los turistas no entienden o no tienen. Hasta la calle Heredia, escoltada a ambas orillas por ventas de instrumentos musicales, collares de cigua, desnudos en madera y mil artesanías de hueso y caracoles, llegan los ecos del folclor que maniobra por la paralela calle Aguilera hasta el Parque Céspedes. A la clásica conga se suman otros ritmos ancestrales que arribaron desde Pinar del Río, los “Príncipes de la Caridad” de Cienfuegos, herederos de palenques de Palma Soriano, de La Habana... Vienen también desde el infinito caribeño y desde el más allá los danzarines y músicos de Antillas Holandesas, Curazao, el Gran Gagá haitiano, rancheros mexicanos, los venezolanos con el casi folclórico “Uh, ah, Chávez no se va”, y las máscaras de Tlaxcala, que ofrecen sus rosados cachetes de papier maché al beso de mulatas y mulatos de la concurrencia para alboroto de todos. Las comparsas de República Dominicana, país estrella de esta Fiesta del Fuego, despliegan percusiones, evoluciones y orishas, tan cercanos en ritmo y raíz a los cubanos que por momentos unos y otros se confunden para diluirse en un solo arrebato del espíritu. Anochece, pero la fiesta no desmaya. En el Parque solo duerme la niñita Haizea de labios de chambelona, custodiada ahora por Isis, una abuela demasiado joven para parecer tal. Apiñados sobre un banco cercano, unos muchachos empinan una caneca de ron, mientras intentan descifrar de qué tamaño será el diablo de paja que quemarán dentro de unos días, cerca del puerto, como clausura de la fiesta. Las chispas arden en los ojos de los jóvenes santiagueros cuando evalúan, simultáneamente, la potencial dureza de carnes de la abuela de marras y el esplendor cultural de cada una de las comparsas de este Caribe que nos une. Uno de los compadres reunidos en torno a la caneca siembra su voto, axiomático, con la definición teórica más precisa empleada en cualquiera de las múltiples conferencias y coloquios de sesudos convocados a esta XXVII Festival del Caribe: “Nagüe, esa comparsa suena casi tan bien como la conga de los Hoyos”. Una leve brisa atraviesa el parque, mas no alcanza a mitigar la tórrida noche santiaguera; es apenas un aviso de que un alma en vela merodea sobre la ciudad: hace unos días abandonó el cuerpo de Joel James pero se resiste a dejar Santiago y la fiesta a la que se consagró. Aún bajo la luna, el sudor se desliza como serpiente sobre la piel del rostro, se hunde entre los pliegues recónditos de la carne, humedece el sexo y las emociones, tienta al pecado y preña las ansias de bailar, anticipando el calor que abrasará a la urbe más caribeña de Cuba cuando se desaten dentro de unos días los carnavales de Santiago. La fiesta apenas ha comenzado. ¿O es que nunca se ha apagado? |