La última vez que lo vi mediaba entre nosotros el cristal de la sala de terapia intensiva del Hospital Manuel Piti Fajardo. Aunque llevaba más de una semana sumido en una crisis de salud que le costó una pierna, se divertía a risa batiente con las pantomimas y muecas de sus familiares, hacía señas, preguntaba por cada uno de sus nietos y, con gestos de la mano sobre los labios pálidos y hundidos, alababa la profesionalidad del equipo médico que lo atendía en aquella excelente instalación, renovada después de la inversión capital que benefició a un grupo de hospitales del Vedado habanero. Era una fiesta, vital y moribundo a la vez, para no traicionar en el minuto final a su espíritu contradictorio y contradictor, beligerante, amante y malgenioso, que lo llevó por una vida digna de novelar.
Refractario a encasillamientos y a encerronas de caminos, Erasmo Terrero parecía predestinado desde que nació en 1936, en Jamal, pueblo cercano a Baracoa, en el extremo oriental cubano, con nombre de filósofo revisionista y enemigo de los mismos formalismos doctrinarios que prohijó sin querer. De sangre guajira, no podía ser menos que un amante de la naturaleza, tras criarse entre los ríos y montañas más bellos de la isla. A pesar del amor que guardó siempre por aquel rincón, transgredió fronteras, recorrió el mundo, bebió de las letras, se apasionó con Martí, probó de disímiles profesiones, pero no se dejó morder por ninguna, en una suerte de permanente mirada cóncava, conversa y lúcida de la vida: intelectual opuesto a los alardes de sapiencia, hombre de negocios y enemigo de los burgueses, diplomático siempre reacio a los protocolos, soldado de filas y dirigente, combatiente, político, maestro, periodista, horticultor… Deambuló por Europa, se enamoró de Francia y de su cultura, se hundió en selvas centroamericanas, pisó las arenas del Sahara, cató otras revoluciones in situ, pero guardaba en su interior cierta secreta inspiración de ermitaño que lo venció al final. Agotado, en los últimos años huyó del elegante Miramar y retornó al culto de la Madre Tierra –de la misma Pacha Mama de Evo Morales, el indio latinoamericano por quien sentía profunda admiración-; se dedicó a la agricultura, en un humilde huerto de Guanabacoa que cubrió de hortalizas y árboles frutales. Cultivó guayabas, naranja agria, varios ejemplares de aguacate, uvas, granadillo, maracuyá: los abonó con su cultura y, por último, con sus cenizas, como pidió Martí. Hombre imprevisible, de contradicciones raigales: apasionado por la economía y el ahorro, carecía totalmente de dotes para amasar fortunas. Social, comunicativo, cautivante conversador con conocidos y desconocidos, podía ser áspero con la gente que más amaba. Encantador de mujeres, poseía, sin embargo, un carácter sumamente difícil para convivir con él. Terco, inteligente, cariñoso, peleón, dúctil para atender a su numerosa familia y a sus contados amigos, irritable, majadero, adorable… Tan amante de la vida en todas sus formas como intolerante con el lujo y lo superfluo, cultivó una enemistad cáustica contra la vanidad material y una devoción racionalista por las virtudes morales. A principios de los años 60 se ocupó en Francia de la compra de unas locomotoras para Cuba. Una de las empresas europeas que luchaba por firmar el contrato como proveedora le ofreció una comisión personal de decenas de miles de dólares (dólares de entonces), pero él la rechazó pese a que sabía que esa compañía ya había sido escogida por el gobierno cubano y la comisión no influía en nada. Descuenten ese dinero del precio de las locomotoras, pidió. Aunque cayó varias veces en la arena política, víctima de añagazas de oportunistas ladinos, se levantó siempre y guardó una fidelidad a rajatabla al pensamiento comunista, que compartió y promulgó desde que se sumó a una de las agrupaciones de izquierda de mayor disciplina en Cuba prerrevolucionaria: el Partido Socialista Popular. Me repitió que los combates no se echan antes de crear las condiciones para vencer, pero sucumbió en más de una ocasión al enfrentarse a fullerías y miserias políticas, con la ingenuidad de un toro que baja la testuz y arremete iracundo. La última de esas pifias tácticas, poco antes de su jubilación como periodista de una importante agencia de información, fue contra un encumbrado funcionario del Partido que estallaría años después envuelto en asuntos turbios. De esas cosas, sin embargo, casi nunca hablaba, quizás por el dolor del error propio, por la vergüenza ajena de compartir filas con algunos maquiavelos de poca monta o, simplemente, porque era un hombre que prefería reservar su memoria para hechos verdaderamente trascendentales. Le animaba mucho más explayarse en conversaciones sobre el acontecer político mundial y de su país, como aquel diálogo postrero que tuvo con el joven médico hondureño que lo recibió la madrugada en que entró, casi ahogado, en el salón de emergencias del hospital Manuel Piti Fajardo. Entre sorbos de aire, hablaron del destino y de la historia de Honduras y le confesó a aquel muchacho que quería vivir para ver todo lo que haría el ALBA. Las revoluciones políticas lo emocionaban; revolucionaban su organismo y sus neuronas. Algunas anécdotas de su vida me tentaron, pero nunca las escribí, convencido de que él no aplaudiría su divulgación. Las aplacé, como alguna que otra conversación de teléfono que quedaba definitivamente extraviada entre los mismos sucesos cotidianos que despertaban en mí el deseo de llamarlo. Cuando conectábamos, él entrelazaba divertimentos de nietos, análisis de los últimos giros de la política, recomendaciones del oficio común de periodistas y puyas por alguna derrota de Industriales -como buen oriental, en beisbol era ardiente y marrulleramente antiindustrialista y yo le devolvía el guante cada vez que podía, como todavía intenté, por un segundo, distraído, cuando Industriales ganó el viernes pasado su primer juego en la final frente a Villa Clara. Trampas de la mente. Desde hacía dos días había perdido la oportunidad de regodearme con el viejo, al menos como alternativa materialista. De las anécdotas me queda ahora el sentimiento de la deuda y el recuerdo del gesto final que nos hizo a sus hijos y a su esposa, Mirta Inés, a través del cristal de la sala de terapia intensiva. No sé si mi padre ya presentía que le quedaban pocas horas de vida, si comprendía que los médicos no podrían salvar su deteriorado organismo de cardiópata, diabético y asmático furibundo. Pero en aquel momento sonreía, increíblemente sonreía. Y me confundió. Leí, entonces, una señal de recuperación en su actitud y en el ademán que nos hizo. Luego me di cuenta de que el sentido era otro. Quizás inspirado en la idea martiana de que “la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”, levantó el puño cerrado. Firme. Como despedida. Sin dejar de sonreír. |