07 de septiembre, 2010
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Paisajes de la naturaleza humana
La gente camina en La Habana con paso resuelto, pero no tan rápido, en el amanecer del lunes 30 de noviembre. Abundan noticias de interés pero esta mañana un punto atrae las miradas en un rincón de la capital.
Por Amadeus Time  

La gente camina en La Habana con paso resuelto, pero no tan rápido, en este amanecer del lunes 30 de noviembre. Marchan en silencio, rumiando cada uno sus propios asuntos y preocupaciones. Por la discreción del apuro, parecerían transitar por una rutina. Quizás, la vuelta al trabajo, una vez concluido el fin de semana. ¿En qué estarán pensando¿, me pregunto, mientras marcho yo entre ellos; en mi caso, hacia una reunión laboral, de esas que se las arreglan para sobrevivir y robar el tiempo en todos los tiempos y etapas de la historia.

Delante de mí avanza un mulato, alto y de buen tipo, perfecto para modelar frente a un grupo de salsa. Anda vestido de blanco, pero el cinto de color pardo claro desmiente que se haya hecho el santo. El cinturón asoma debajo del suéter, también blanco, que lleva enrollado y anudado a la cintura. Recurso de la moda o simple fracaso meteorológico del frente frío, que se diluyó el fin de semana sin mayores consecuencias.

Probablemente ni se acuerde ahora el mulato que hoy concluye la temporada de huracanes en Cuba, también sin mayores consecuencias para nuestro archipiélago. La naturaleza caribeña nos ofreció un respiro, en este año aciago para la economía.

El estalaje personal dice poco del color de las ideas de cada cual, y dice menos de probables coincidencias. Por el caminito que sale desde los edificios de Palatino hacia la avenida Santa Catalina aventaja al mulato un hombre con pinta de funcionario: pantalón oscuro, camisa de cuadros y mangas largas –probablemente también por temor al frío-. De mediana edad, baja estatura, más bien grueso y con caderas de cowboy, el supuesto funcionario contrasta con otro par de jóvenes del barrio, delgados y de facha más irregular y con un viejo, menos formal aún en la vestimenta.

Nos adentramos todos en el breve bosquecito alineado junto a Santa Catalina, entre la antigua Finca de Los Monos y el Servicupet de Vento.

¿En qué pensarán¿ ¿En las fraudulentas elecciones de ayer en Honduras, o en la conquista presidencial de un tupamaro en Uruguay¿ ¿En la pareja que se coló olímpicamente en una recepción de la Casa Blanca, en lo mal que le va a Industriales en la pelota, en la conclusión del Ejercicio Bastión…¿ O simplemente en la próxima consulta del médico, si no están sacando cuentas de las ventajas y desventajas de la papa vendida ahora de forma liberada, pero a un mayor precio. A lo mejor, solo cavilan en los ómnibus articulados que tendrán que abordar en breve, y que suelen atascarse justo en los horarios de entrada y salida del trabajo.

La vida transcurre en Cuba por senderos muchas veces más convencionales que los rumbos dibujados por la propaganda política, en particular, por la propaganda política externa. Los pinceles prestados por Estados Unidos a Miami o a la disidencia interna suelen acentuar algunos colores del paisaje social cubano, cuando no distorsionan, sin rubor alguno, los trazos de la realidad.

Ahora mismo, el grupo humano con que camino se adentra por el sendero del bosquecillo de marras, cuando descubro una extraña comunión de intereses. Todo el tiempo, hemos mantenido una distancia perfecta entre unos y otros. Nadie intenta superar al vecino. Avanzamos al mismo ritmo, y el ritmo lo está imponiendo la persona que encabeza la procesión: una mulata escultural, de esas que justificaron la primera gran novela de la literatura cubana, Cecilia Valdés, e inspiraron óleos sobre raptos de mulatas en la época de gloria del vanguardismo plástico en los años 50, Criollitas más recientes a Wilson y mitos abundantes de la religión, del cine y de la vida cotidiana.

Con casi 1,80 metros de estatura, la mulata lleva pantalón de mezclilla azul y pulóver rosado cortado ligeramente por encima del ombligo; bien entallados, delinean un cuerpo divino, atlético, de cintura estrecha y piernas fuertes, cuyo paso regula la velocidad de la escuadra que lleva detrás.

A pesar de las diferencias de pinta y edad, todos marchan hipnotizados. Lo revelan las miradas con que siguen el movimiento oscilante de las nalgas de Ochún. El más cercano, a menos de dos metros de distancia, el más alejado, un servidor, a unos cuatro metros -digo, si es que no había alguien más a mis espaldas; pero nunca me tomé el trabajo de comprobarlo porque durante los 15 minutos que duró la marcha, el mundo se acababa donde estaba yo y empezaba donde caminaba el pulóver rosado-.

Aunque está de espaldas y nunca ha torcido su cabeza para mirar, el sexto sentido de las mujeres le advierte a la muchacha de su conquista múltiple. Lo adivino por la media sonrisa, entre victoriosa y asustada, que deja ver la mulata cuando sale del bosquecito, dobla a la izquierda en Santa Catalina y muestra su cuerpo de perfil.

El claxon de uno de los autos detenidos ante la luz roja -¿también habrá descubierto a la diosa¿- y un ómnibus que se aproxima deshacen el hechizo. La muchacha se adentra por la calzada de Palatino y el grupo persecutor se deshace. Cada uno apura el paso hacia su propio destino, para sumirse en los demás senderos y andares de la vida habitual, entre contingencias laborales, dilemas del mercado doméstico, amenazas del clima, disputas beisboleras, rollos políticos, y mil oportunidades cotidianas para disfrutar en Cuba el paisaje de la naturaleza humana.

(30 de noviembre de 2009) (790 accesos)
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