Me confesó una vez un amigo que cada momento trascendente de su vida ha estado acompañado por Silvio Rodríguez. Exagera, pensé; pero en el fondo supe que era cierto. También yo acudo cada tanto a sus canciones para hacer más llevadera la emoción, la nostalgia, la ira, la desesperanza, el desengaño, el amor.
La de Silvio es una de esas obras monumentales que han dejado de pertenecer a quien las crea para convertirse en patrimonio de todos. La era está pariendo un corazón, Ojalá, Pequeña serenata diurna, Unicornio, Réquiem o Te amaré, componen la banda sonora de una buena parte de los latinoamericanos y, aunque no sean suficientes para abolir la injusticia del mundo, al menos desafían las almas y las tornan “un tilín mejores”, “un poco menos egoístas”. Lo escrito hasta la fecha sería suficiente para disfrutar tranquilamente del éxito, del seguro paso a la inmortalidad. Pero, si así fuese, perdería el bardo la intrínseca coherencia heredada de sus antecesores troveros, quienes asumieron hace más de un siglo la necesidad insoslayable de cronicar los pesares de su época, de convertir su realidad en poesía. Es esa la intencionalidad que percibo luego de escuchar los doce temas de Segunda cita, el más reciente fonograma del cantautor, producido por los Estudios Ojalá de Cuba. Un disco en el cual Silvio sale al encuentro con los ángeles de su tierra para mirarla con pasión pero sin complacencias, de manera escrutadora, profunda, reflexiva. “Son ideas que como siempre un cantor lanza para participar de esa manera en el debate”, sostuvo durante la presentación el pasado 26 de marzo en Casa de las Américas. “Pertenezco a una generación que se caracterizó justamente por hacer un arte en ese sentido, comprometido. Comprometido con la autocrítica, con la crítica, con el intercambio, con la discusión. Un arte que pretendía que el pensamiento circulara a través de él”, refirió. Los ángeles de Segunda Cita, más cercanos y palpables para los cubanos y cubanas como ha apuntado ya su compañero de generación Guillermo Rodríguez Rivera, sobrevuelan nuestra circunstancia con el anhelo piadoso de “enmendar los comienzos de todas las brumas”, “empezar cada lienzo con mejor fortuna”, “dejar como fuero certeza y progreso”. El trovador de 63 años demuestra conservar el mismo espíritu transgresor del muchacho delgaducho que apareció en los escenarios capitalinos a finales de los sesenta, con una guitarra en la mano para cantar sus razones, incómodas a las mentes dogmáticas, pero inspiradoras para aquellos capaces de transformar y de transformarse a sí mismos. No por azar dedica el cantautor este trabajo a los 50 años de la Revolución Cubana, pues ella encierra la esencia propositiva del fonograma. Como escribiera Rodríguez Rivera en el citado comentario, se trata de “una nueva cita con la historia, que quiere repercutir en la vida cotidiana, en la vida real de los cubanos”; “un manifiesto que convoca al cambio revolucionario”. Sea señora bastaría para sostener esta afirmación. Silvio invoca la semilla martiana ante las alas convertidas en herrajes, y, para restaurar lo “decrépito”, que le dejen el brazo y la razón de António Maceo. “Es como un voto a la evolución política de Cuba”, confiesa el trovador en las notas que acompañan el disco. Una revisión a lo interno de un proceso en el cual sigue teniendo muchas razones para creer. Tonada del albedrío parte de otra de esas figuras imprescindibles para comprender lo que hoy somos: Ernesto Guevara. Con sencillez bien honda retoma el creador ciertas ideas raigales en el pensamiento del Guerrillero, que sirven de efectiva respuesta a las tergiversaciones de su imagen difundidas por los grandes consorcios mediáticos internacionales. Vigente sigue el Che legendario, hermoso, humano, sobre todo en estos tiempos precisos para recordar que “en el imperio mañoso nunca se debe confiar”, que “al buen revolucionario solo lo mueve el amor”, que “ningún intelectual debe ser asalariado del pensamiento oficial”. La variedad sonora constituye otro de los atributos de Segunda cita, con presencia de la balada, el son, el bolero, el danzón, el rock y el jazz. Excelentes intérpretes como Roberto Carcassés en el piano y los arreglos, Feliciano Arango en el contrabajo, Oliver Valdés en la batería y la percusión, Niurka González en la flauta, José Carlos Acosta Embale en el saxofón, Haydée Milanés en los coros, entre otros, garantizan la exquisita factura instrumental. El trío y cuarterto de jazz acústico (bajo, piano, batería, guitarra) alcanza, a decir del autor, el mayor peso del trabajo musical, si bien en ciertos momentos toman protagonismo la percusión, los metales, las cuerdas y los vientos. Cada una de las grabaciones entrega elementos de valor, tanto por la construcción discursiva de los textos como por su perfecto engranaje narrativo con las orquestaciones de Carcassés y de Rodríguez, en el primer y último tema. Demasiado, un bolero dedicado a César Portillo de la Luz, resulta un texto multisemántico que conmina a superar todo absolutismo; Huracán, una joya melódica nacida en la furia misma de los ciclones que azotaron la Isla en el 2008; Gigante, un viaje tierno al irreverente niño que nos resguarda; San Petesburgo, la hermosa historia de un amor maltrecho en las noches blancas de la tierra de Pushkin; Bendita, un tributo a las heroínas de la Sierra Maestra con imágenes que sintetizan a quienes una vez fueron sinsonte, mañana, cimiente, lo nuevo, y en donde la improvisación final le pide a la Patrona de Cuba buenos augurios para la nación. En este disco, Silvio se declara Trovador antiguo, en acto que acentúa la continuidad con la ética de quienes, como él, son de la memoria y pertenecen al viento. Cual uno de aquellos juglares que dieron voz a sus pueblos, el cantautor reafirma su altísima dimensión intelectual y su pensamiento capaz de evolucionar sin dejar soslayada la posibilidad de la utopía. A los extremistas que dentro y fuera de Cuba intentan encontrar fantasmas de inconsecuencia en el arte prístino del cantor, a quienes resulta imposible dilucidar la magnitud de su honestidad y su coherencia, no vale prestar aten-ciones. Queden todos los sentidos para resguardar, en la oquedad de las voluntades humanas, lo que transmiten sus versos: “Partero fui de un futuro/ escurridizo, inasible,/ seguramente posible/ si no le ponemos muros./ El amor es el más puro/ néctar contra la tristeza./ Bienvenida su naturaleza”. |