La Habana es una ciudad traicionera. Urbe cosmopolita y gran receptora de inmigrantes, parece un amasijo de personas que van y vienen, siempre apuradas, detrás del camello de turno, la cola de la carnicería o en los afanes del último estreno cinematográfico. Hasta ahí llega la primera mirada.
Detrás de esta fachada está la vida real, latiendo cada minuto. Uno ama esta ciudad desde la inconciencia y a veces la aborrece. Quisiera caminar por otras calles, pero termina extrañando los rotos de la Habana Vieja, las columnas que conmovieron a Carpentier, las muestras orgullosas de que el art nouveau también llegó a esta esquina del mundo o esa segunda ciudad que va por lo alto, de balcón en balcón, y que hace unos años un colega develó en alguno de sus artículos. Anda la creencia, sin embargo, de que el habanero ha perdido su identidad. Esa que según el Larousse, resume como la “conciencia que tiene un individuo de su pertenencia a uno o varios grupos sociales o a un territorio” y que expresa la “significación emocional y valorativa que resulta de ello”. No estoy de acuerdo. Subjetivo al fin, un sentimiento de pertenencia no se deshace de la nada en unos pocos años. Ni se pierde por muchas migraciones que hayan compuesto el entramado social de la isla. El centro de este caimán es también un alto receptor de migrantes y los espirituanos no han dejado de defender hasta el arrebato, en prueba de autentica identidad, la historia de Serafín Sánchez Valdivia, el General de las tres guerras; ni bayameses o santiagueros han dejado de adorar la Sierra libertaria que comparten por geografía. Igual los villareños, por ese misterio del orgullo y el cariño han asumido como fuerte compromiso de identidad la figura de ese argentino que peleó en Cuba y regó con su sangre generosa las tierras de Bolivia. La identidad, en buena ley, es un misterio y hay que disponerse a descubrirlo. ¿Quién niega que la bronca caliente -defensa a ultranza de industrialistas- que acoge el Parque Central en medio de cada serie de pelota no sea una prueba de la más fervorosa identidad? ¿O las vueltas que muchos habaneros regalan al Templete cada año, una medianoche de noviembre? ¿O esa ceremonia íntima y ancestral con que los iniciados de la comparsa de Los Alacranes bautizan su farola antes de cada carnaval? La Habana tiene identidad pero es preciso salir a despertarla. Hacer un alto en la vorágine cotidiana y caminar por antigua avenida de Paula, imaginar a Martí niño paseando por el puerto o recorrer las calles humildes de Lawton donde Camilo alguna vez jugó pelota. Entrar al Cementerio de Colón, uno de los más bellos del mundo, y sospechar que Cecilia Valdés quizás no es solo literatura o descubrir que la historia de los bomberos de esta ciudad compite con el tema de la mejor producción de Hollywood.
Quizás, también en la casa, habría que preguntarse por qué tantos escritores le han dedicado páginas y páginas a La Habana, cuál es el misterio de los que se van y mueren de melancolía, que tiene el malecón que acumula tantos amores y ternezas o por qué tras todas sus complicaciones La Habana es tan traicionera, que uno la ama hasta al infinito y a veces la aborrece para, enseguida, comenzarla a extrañar. |