Noviembre 10.- A la una de este día me dirigí a los cayos el Matías y el Corojal; estos cayos están próximos a la Península y existen en ellos rancherías de los insurrectos. Los prácticos llegados se llaman Jacobo Morales y su hijo José. Dimos muerte á dos jutías y tres sevillas, las que asamos para nuestra comida. Lluvia abundante en esta tarde por lo que tuvimos necesidad de reunir lumbre para secar nuestras ropas. Levantamos nuestras barbacoas y pasamos una noche terrible. Debo consignar que en la ciénaga la plaga de mosquitos é insectos es constante, pero que en los días de lluvia aumenta de tal manera que la situación se hace desesperada.
El enumerador no sabía que ese Jacobo Morales de quien habla, fue uno de los primeros mambises del centro del país en la guerra del 95. Tampoco podía imaginar que los tenaces reporteros, persiguiendo alguna de las pocas jutías escapada de la depredación, tropezarían con el nieto del guía, práctico también. Pancho Morales, o Benavides para ser más exactos, siempre se estaba riendo. Los 74 años que no aparentaba los había dedicado en cuerpo y alma a la ciénaga. Además de práctico, era carbonero y cazador de cocodrilos. Retirado ya de los trajines en los pantanos, aseguró que de vez en cuando sale a cazar un “bicho” y le da aunque sean dos sogazos. “Para que se acuerden de Pancho”. Dedicado a a la medicina verde a la par que a hacer carbón en Jagüey, dijo ser nieto de Jacobo. Documentos publicados por la oficina del historiador de la administración municipal de Jagüey Grande lo confirmaron. El levantamiento en la finca La Sirena, narrado por el Comandante del Ejército Libertador José Agustín Rodríguez, fue al parecer el primer signo del despertar mambí en la zona occidental del país. Lo curioso es que Rodríguez, al citar a quienes se habían levantado en armas, nombra en su documento a 41 patriotas entre los que está “Jacobo Benavides, conocido por Jacobo Morales...” Cien años después, Pancho arrastraba igual tratamiento. Según él, su familia se apellida oficialmente Benavides. El Morales les llegó, como apostilla, desde los tiempos de la colonia, cuando sus antecesores, esclavos, eran identificados por el apellido de los amos. Rastreando mambises ...salimos con rumbo al asiento de Santa Teresa, que dista media legua, y llegamos á dicho lugar á las 8 de la noche. Encontramos otro bohío con cuatro habitantes. Preguntando por el dueño, se presentó ante mí manifestando llamarse Jesús Bonachea, natural de dicha península. (...) Al enterarse que hacía dos días que no habíamos comido, nos ofreció seguidamente de todo lo que tenía en su choza, que consistió en carne de venado, bien dura, pero que dado nuestro apetito resultaba exquisita. Además nos dió calabazas, harina de maíz y miel de abejas. Deseosos de descanso nos proporcionó como alojamiento una casita destinada á depósito de maíz el que nos sirvió como colchón. Á pesar de la plaga de insectos que había, nuestras fatigas y el cansancio nos hicieron dormir profundamente. Julio Amorín, el historiador de Zapata, buscaba rastros de mambises por toda la ciénaga. A pesar de los mosquitos. Estaba empeñado en demostrar que la historia de estos parajes es vieja. Su reto más grande era hallar dónde descansaban los restos de Jesús Bonachea -el mismo que recibió a Sixto hace cien años-, Capitán del Ejército Libertador e inspector de costas de los mambises, según pruebas que su hijo Idelfonso mostró a Bohemia. Una parte de la familia aseguraba que lo habían enterrado hacía unas seis décadas, en el cementerio viejo de Caletón, en Playa Larga. Otra rama, en cambio, insistía en que descansaba en una pequeña necrópolis en la playa El Dormitorio, muy cerca de la Caleta de la Gallina, donde vivió casi toda su vida. Amorín no sabía qué pensar. Los archivos de la Ciénaga estaban en Yaguaramas y se quemaron. Intentaba descifrar el enigma revisando las partidas de defunción de la iglesia de Aguada de Pasajeros, en Cienfuegos, pero cuando los periodistas llegaron, aún no le sonreía la suerte. Nebulosa en la Caleta de la Gallina 
La Caleta de la Gallina es una playa fabulosa donde, al parecer, vivió Jesús Bonachea buena parte de su vida. Pero seguro llegó allí después de entrado este siglo. Antes había pasado Sixto Agramonte. Lo que vio en ese lugar paradisíaco, de haberlo novelado, le hubiera robado los aplausos a Macondo. Noviembre 9.- Al amanecer de este día emprendimos viaje llegando al lugar designado (Caleta de la Gallina) á las ocho de la mañana, donde encontramos un pequeño bohío fabricado sobre una piedra al pie del mar. Esta cabaña está habitada por un matrimonio como allí es costumbre hacer. El varón es de raza negra y la hembra una joven agraciada, india por su color y como de una edad de 17 años. Dicho negro lleva por nombre José Triana, y la mujer Ramona Moreira. Les pregunté si se creían felices con aquella vida, contestándome la joven que aquella independencia le hacía más feliz y por más motivos porque no tenía nada á quien pedir ó molestar. Que ella había nacido en aquellos lugares y que no conocía lo que era un pueblo, un ferrocarril, ni otras cosas sobre los cuales les pregunté. Sus alimentos consisten en jaibas, carne de jutías, y yerbas. Repugnándome la situación de aquellos infelices, que viven desnudos por ser así á su gusto, salí de aquel lugar con rumbo á Cayo Caimira y El Solo. La historia, sin embargo, parece más truculenta. Trece años después, Cosculluela se internó en la Ciénaga y dejó escrito un valioso testimonio de indagación sociológica y recopilación de tradiciones y leyendas. Según su narración, el tal José Triana no era más que un raquero –suerte de cómplice de piratas y contrabandistas que llegaban a ratos a la Bahia de Cochinos- y cargaba sobre sus hombros la muerte de un honrado vizcaíno de apellido Etenza, a quien había asesinado para hacerse de un tesoro. De Ramona, Cosculluela cuenta una historia espeluznante: “En efecto, cuando se descubrió la culpabilidad de Triana, pasados muchos meses de cometido el hecho, por encontrarse en su poder algunos efectos que habían pertenecido al vizcaíno desaparecido, se comprobó que tenía cautiva en aquel cayo, una bella joven de Yaguaramas, la cual se había robado, y para que nadie la viese, ni pudiese comunicarse de algún modo con ser viviente alguno, la dejaba mientras se ausentaba en sus excursiones raqueras, completamente aislada. Esa muchacha que hoy vive todavía y se llama Ramona Sierra (Cosculluela escribió su libro entre 1913 y 1917), padeció lo indecible, durante los varios años que estuvo cautiva de Triana, sin ver persona alguna fuera de aquel fascineroso.” Cosculluela cometió un error. Ramona vio a alguien más: a Sixto y habló con él. ¿Pecó de ingenuo el enumerador? ¿Lo engañó la muchacha presionada por Triana o el temible bandido amenazó a Agramonte para que no revelara la verdad? ¿Acaso la bella Ramona enseñó a Cosculluela todas sus cartas? ¿Quién sabe? La aventura no acaba en Santa Teresa Santa Teresa es el lugar de la Ciénaga donde el rastro del tiempo es más indeleble. Allí permanece, burlando el paso de los siglos, el pozo donde quizás los mambises conseguían el agua. También quedan huellas de las memorias de Sixto. Le pregunté por la bahía y su profundidad y entonces me ofreció llevarme á dicho lugar en un carrito, por una vía estrecha que existe hace unos años, de Santa Teresa al mar (...) A nuestra llegada contemplamos una de las bahías más bonitas de la Isla de Cuba (...) En su entrada, (...) tiene una playa preciosa donde existía un fuerte español que derrumbaron aquellos habitantes el mismo día y á mi presencia. En la boca de uno de los ríos existe una gran piedra y hacen la historia de existir debajo de la misma una gran caja de hierro llena de dinero del tiempo de los piratas... Los actuales habitantes de Caleta del Rosario no sólo cuentan de la piedra y el tesoro. Según relatan, a principos de los años 50 un barco norteamericano se acercó a la playa y luego de algunas horas de búsqueda partió y se llevó la gran caja de hierro. Sólo quedó, colgando, un trozo de cadena. La línea hasta el mar también existe, tapada a ratos por la manigua. Era la vía por la que Augusto Guppe, un alemán explotador maderero de la ciénaga, sacaba su precioso botín de cedros y caobas hasta la costa para embarcarlo rumbo a Europa. Quizás el punto más polémico del relato de Sixto es la existencia del fuerte español. Los nativos más ancianos no recuerdan ninguna construcción en playa La Máquina. Los periodistas se marcharon de Zapata sin aclarar el asunto. Poco tiempo después la noticia los asaltó en la redacción de la revista, quizás como confirmación de que, pese a todas las dudas, Sixto Agramonte sí llegó a los lugares que cuenta. Aunque parezca imposible. El historiador de la Ciénaga y su equipo descubrieron una cueva inundada con apariencia de foso, al estilo de aquellos que los españoles construían para rodear sus fortalezas y castillos. Al excavar la zona, encontraron ladrillos de cantería de una antigüedad indescifrable. ¿Acaso los restos del fuerte? La Ciénaga enseña –de vez en vez y sólo a unos pocos- retazos de su historia. Los reporteros de Bohemia, obstinados, se creen entre los privilegiados. Para ellos, la aventura del humedal no ha terminado. Nota: Agradecemos al Centro de Estudios de Población y Desarrollo de la Oficina Nacional de Estadísticas todo lo que hicieron en favor de esta aventura. |