10 de septiembre, 2010
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Violencia sobre el papel
Por Dixie Edith
dixie@cubaprofunda.org
  Dicen el refrán que el papel aguanta todo lo que le pongan. Quizás por eso, la violencia de género aparece, de manera recurrente, en muchas de las obras de las escritoras cubanas surgidas desde los años 90 del siglo pasado, evidencia del empeño de esta generación en contar la realidad desde una mirada femenina.

Así lo atestigua la periodista Helen Hernández Hormilla, quien investigó esa producción literaria para su tesis de grado: Mujeres en crisis. Una mirada a la realidad social de las mujeres cubanas a través de la narrativa femenina de los noventa.

Durante su indagación académica, la joven comunicadora, periodista de la revista Bohemia comprobó que “la violencia, vista desde diversas aristas, se convierte para esta narrativa en uno de los tópicos más visitados”.

Tal situación no es casual, en tanto refleja el devenir mismo de la condición de género heredada a través de la experiencia cultural, subjetiva y simbólica, donde han sobrevivido los rasgos autoritarios del patriarcado.

En Cuba, tras muchos años de ser un tema silenciado en los medios audiovisuales, cada vez más artistas de signo diverso emplean sus obras para visibilizar este fenómeno.

“La violencia de género aflora últimamente en muchas de las obras escritas, pintadas o filmadas. Hay una constante en las puestas en escena teatrales, por ejemplo”, ha evaluado también la escritora y crítica literaria Zaida Capote, especialista del Instituto de literatura y Lingística de Cuba.

Incluso, durante el pasado año 2008, la representación de la violencia en las artes y la literatura fue el tema central del Coloquio internacional que anualmente organiza el Programa de Estudios de la Mujer, de la Casa de las Américas.

Múltiples investigaciones sociales han confirmado la presencia en la isla de todas las formas de violencia intrafamiliar y de género, donde la llamada violencia psicológica resulta, a la vez, la más extendida y menos estudiada.

No resulta una sorpresa, entonces, que este tema aparezca en las obras de autoras como Laidi Fernández de Juan, Aida Bahr, Marylin Bobes, Mylene Fernández Pintado, Karla Suárez o Ena Lucía Portela, entre otras, que escriben a partir de sus experiencias de la cotidianidad, durante las últimas décadas de la vida cubana.

“Mucho más, cuando sus historias se inscriben en un momento en el que la sociedad toda se encontraba abocada hacia la supervivencia y en el que aflora la agresividad”, precisa Helen.

Según Ena Lucía Portela, una de las escritoras estudiadas, “en nuestra época una historia sin violencia no es ya una historia. Es, en el mejor de los casos, una historia de segunda”.

De antes y de lejos

A juicio de ángeles de la Concha, catedrática de Lengua Inglesa de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), de España, la literatura “es depositaria de la memoria de lo humano ya que a través de ella descubrimos y revivimos las grandes preocupaciones existenciales de la humanidad desde el inicio de los tiempos”.

En su artículo Cultura y violencia de género. Literatura y mito en la génesis de un conflicto secular, De la Concha se remonta a los orígenes de la palabra escrita para demostrar como la relación de poder que subyace en la génesis de la violencia ha estado legitimada por la leyenda y la palabra escrita.

Así, “la mujer como ‘compañera fatal’, manzana de la discordia, y causa de perdición y castigo social colectivo”, aparece en las leyendas de Pandora, culpable del sufrimiento del hombre; de Eva, por quien entró el pecado en el mundo; o de Helena, raptada por Paris y pretexto para la sangrienta guerra de Troya.

“Todas ellas son protagonistas pasivas de historias que subrayan la fatalidad del deseo que despiertan y justifican el castigo que merecen. Convertidas en arquetipos inmortales, circulan sin cesar en el canon, entronizadas como referentes perpetuos en el imaginario social”, analiza De la Concha.

Evaluando textos más recientes, esta académica española pone de ejemplo a las inglesas Marina Sarah Warner, Angela Olive Carter y Emma Tennant o Antonia Byatt, escritoras que antes “han sido lectoras resistentes”, y presentan en sus creaciones, por una parte, “la tiranía de los ideales de género” y por otra, “el arduo y esforzado camino de la concienciación y de la lucha por la autonomía, con sus caídas y sus triunfos”.

Nacidas casi todas en la segunda mitad del siglo XX, estas autoras han apelado a diversos recursos que incluyen la reescritura nada complaciente de novelas clásicas y cuentos de hadas “explorando su origen y sus sucesivas versiones como arena en la que se debaten en forma oblicua conflictos penosamente reales en la urdimbre de relaciones familiares y sociales”.

“Responder a una historia con otra que la desmantele desde dentro se está convirtiendo, así, en actividad central del pensamiento y el arte feminista contemporáneo”, advierte De la Concha.

Cerca de la vida

Sin embargo, las escritoras cubanas estudiadas por Hernández Hormilla no han apelado a reescribir o desmontar textos.

A juicio de la comunicadora, ellas se distinguen por el abordaje de temas prácticamente ausentes hasta ese momento en las letras femeninas “como la sexualidad, el erotismo, la violencia de género, la prostitución, la pedofilia, la drogadicción o la homosexualidad femenina y masculina”.

En ese camino, su representación de la violencia de género delata las diversas tendencias que perpetúan la dominación patriarcal.

“No solo se trata de vulnerar los cuerpos, la injusticia reside en todo un mundo simbólico y subjetivo en el que subsisten las desigualdades históricas entre los géneros. En otro orden, ellas no permanecen inertes ante el ultraje, pues están dotadas de una posición activa al enfrentar la violencia”, reflexiona la comunicadora.

Estas autoras, portadoras en muchos casos de una feminidad que contradice las posturas tradicionales del género, se revelan como víctimas de violencia, no solo física, sino también psicológica y simbólica.

De esta forma, en su narrativa aparecen el silencio, la invisibilidad, el insulto, la ignorancia, la sobrecarga y la incomprensión.

Igualmente, el enfrentamiento intrafamiliar resulta recurrente en los textos de estas cubanas. “Madres, abuelas, suegras y padres intolerantes afloran como censores de la diversidad y apuntan a una latente crisis de la familia tradicional patriarcal”, asevera Hernández Hormilla.

También el erotismo aparece con frecuencia en la literatura femenina del patio, durante la pasada década. Pero en muchos casos, el acto sexual es asociado a situaciones de violencia, en especial en parejas heterosexuales.

Por sólo poner un ejemplo, la violación aparece en la obra de diversas autoras como Aida Bahr, Karla Suárez o Anna Lidia Vega; mientras para otras como Ena Lucía Portela la agresividad masculina llega a convertirse en una manifestación constante.

Y en línea con un hecho confirmado por la mayoría de los estudios científicos, en las narraciones de estas mujeres los victimarios más frecuentes son, casi siempre, personajes cercanos a las protagonistas: padres, esposos, padrastros o amigos íntimos.

Algunas posibles respuestas a por qué las mujeres maltratadas se niegan a inculpar a sus agresores, queda expuesta en cuentos como “Un poema para Alicia” de Karla Suárez, “Olor a limón” y “Madrugada” de Aida Bahr o “Bumerang” de Laidi Fernández de Juan, así como en la novela Cien botellas en la pared, de Portela.

“En ellos, la relación de odio- amor entre la mujer y su victimario parte de un vínculo afectivo o de parentesco, con la intención de problematizar un tema en el cual no caben blancos y negros pues se inmiscuye en la amplia gama de las subjetividades humanas. Si las mujeres de estas historias resisten por mucho tiempo el dolor y el maltrato, lo harán porque han sido educadas en una dependencia que, más allá de lo material, se torna afectiva”.

Especialistas de signos diversos han cuestionado que muchos productos culturales, como la literatura, exhiben el tema de la violencia sin contextualizarlo o reflexionar sobre él, “como si esta realidad no pudiera ser cambiada”, al decir del doctor Julio César González Pagés, profesor de la Universidad de La Habana y coordinador de la Red Iberoamericana de Masculinidades.

Para Zaida Capote, por su parte, “depende del nivel de compromiso de la persona que pinta, escribe o filma, con el tema en cuestión”.

Pero el hecho de que temas como la violencia aparezcan en la literatura, o en cualquier manifestación artística, es un primer paso. Para enfrentar la violencia, es necesario visibilizarla.

(10 de septiembre de 2009) (762 accesos)
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