07 de septiembre, 2010
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La medida de un pueblo
Por Ariel Terrero
ariel@cubaprofunda.org
 

El peor desastre natural en la historia de Cuba, por sus daños materiales, solo admite una respuesta de este pueblo: una proeza, la mayor en términos políticos y económicos, para recuperarnos. Con los mismos criterios de solidaridad, inteligencia colectiva, organización y unidad con que los cubanos nos preparamos para recibir los trágicos huracanes Gustav e Ike, emprendimos de inmediato labores para iniciar la difícil restauración de servicios básicos, como el de la electricidad y el abasto de agua, y la reparación de los techos de viviendas destruidos por la furia de los vientos.
Pero ahora habrá que agregarle una nueva cualidad a ese esfuerzo: la perseverancia y la sabia orientación de los limitados recursos de que disponemos hacia aquellos puntos donde el beneficio es más urgente o puede ser más efectivo para el bien del país. La dimensión del desastre no deja otra alternativa.
Las pérdidas materiales provocadas por la acción combinada de ambos huracanes llegaron a la cifra de cinco mil millones de dólares, en cálculo aún preliminar, la más alta registrada en los récords de estos fenómenos meteorológicos en Cuba. Aunque Holguín, Las Tunas, Camagey, la Isla de la Juventud y Pinar del Río sobresalen por la magnitud de los daños, ninguna provincia quedó ilesa. Ningún sector de la economía escapó al atropello de la naturaleza.
Ante tanta destrucción, el empeño de la recuperación requerirá de constancia y del esfuerzo combinado de todos. Ya lo alertaba Fidel en una de sus Reflexiones con motivo del paso del huracán Gustav por la Isla de la Juventud y Pinar del Río. “La tarea que tenemos por delante exige tiempo y experiencia. No se construye en un minuto la verdadera Cuba y su noble pueblo, que ha sido capaz de compartir con otros sus conocimientos e incluso parte de sus recursos y de su sangre”.
Y dijo Fidel otra verdad esencial para entender la colosal tarea que nos aguarda en un plazo de tiempo que puede ser prolongado: “Sólo de nuestro trabajo podrán salir los recursos”.
Frente al nuevo desafío, los cubanos debemos unir hombros y brazos a favor de los compatriotas más damnificados, como demuestran ya las brigadas de trabajadores eléctricos que laboran en otras provincias y las tropas de las FAR que socorren a los territorios más golpeados por Gustav e Ike. Es, sin chovinismos ni vacilaciones, solidaridad similar a la que hemos desplegado con altruismo por otros pueblos en cinco décadas de Revolución.
Aunque esa ejemplar solidaridad internacional no alentó nunca intereses calculados, nuestra Patria cosecha hoy sus frutos. Las donaciones llegan desde países hermanos como Venezuela y hasta de naciones pobres, como Timor Leste, lo que hace más pedestre aún los condicionamientos políticos con envoltura “humanitaria” de las promesas de ayudas materiales del gobierno de Estados Unidos.
Resulta difícil entender que haya buena voluntad en un imperio que bloquea a Cuba desde hace casi cinco décadas, con la intención manifiesta y documentada de rendir a este pueblo por hambre. La cantidad ofrecida por Washington, ridícula por demás tratándose de la mayor economía del orbe —100 mil dólares inicialmente y ahora habla de cinco millones—, se contradice con las pérdidas de casi 90 mil millones de dólares que le ha costado el bloqueo a esta Isla. Hasta el periódico The New York Times, en un editorial, calificó de obsoleta una política que responde a los intereses de los grupos reaccionarios de Miami y advirtió que lo correcto sería levantar el bloqueo para permitir la ayuda a este país, golpeado por los huracanes Gustav e Ike.
Cuba solo pide que le dejen comprar alimentos y medicinas a las empresas estadounidenses de acuerdo con las reglas del comercio mundial.
Por eso, ante la argucia yanqui no cabe otra respuesta que la dignidad: Cuba sabrá recuperarse y salir adelante, sin rendirse, sin bajar la cabeza, como tantas otras veces en nuestra historia. Parodiando una frase famosa: un pueblo no se mide por las veces que cae o tropieza con la naturaleza, sino por las veces que se levanta.

(20 de septiembre de 2008) (907 accesos)
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