10 de septiembre, 2010
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Las culpas del hambre
Los precios de los alimentos se han disparado en el mundo y han revuelto, en varias naciones del Sur, a hordas famélicas desesperadas por un plato de comida. Los centros de poder global han reaccionado con tal pequeñez de miras que asusta.
Por Ariel Terrero  

El hambre ciega. La secular propensión geocentrista de los europeos, contagiada al resto del Norte opíparo, también. Son hechos, probados una vez más en estos días. Los precios de los alimentos se han disparado en el mundo y han revuelto, en varias naciones del Sur, a hordas famélicas desesperadas por un plato de comida. Los centros de poder global han reaccionado con tal pequeñez de miras que asusta.

Con el mismo arrogante desenfado con que los europeos se presentaron hace siglos como descubridores de otros continentes, desconociendo derechos y culturas originarias de América, áfrica y Asia, hoy los políticos de casta de la venerable Europa han advertido el problema del hambre en el mundo y, para ser fieles a los antecedentes históricos, hasta reclaman el mérito del hallazgo. La prensa dominante les rinde culto.

"El primer ministro británico, Gordon Brown, colocó el alza de los precios de los alimentos en la agenda mundial al llamar a los líderes del G-8 a contrarrestar ese encarecimiento y a examinar el impacto de la producción de biocombustibles en el costo de los víveres". De acuerdo con la agencia europea de noticias autora de la nota, el mandatario inglés envío una carta a su homólogo japonés, Yasuo Fukuda, para que el Grupo de las Siete naciones más industrializadas del orbe y Rusia, el llamado G-8, atienda el asunto en la próxima cumbre de julio en Tokio. "Por primera vez en varias décadas se ha producido un aumento del número de personas afectadas por la hambruna", observa Brown. ¿Por primera vez?

Sin vacilación ética, desconocen Brown y la agencia de prensa los anteriores reclamos de movimientos sociales en el mundo y las reiteradas voces de alerta de científicos, economistas, políticos y hasta empresarios, incluido el temprano aviso de Fidel Castro. Apenas empezó la fiebre de los biocombustibles, el líder cubano desató la polémica global en marzo del año pasado al calcular el impacto desastroso que tendría convertir alimentos en etanol para los autos del Norte industrial.

Con similar ceguera que el británico, representantes del voraz capital mundial entonan ahora cantos de plañideras ante la crisis de los alimentos. El director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, se suma al coro: "Miles, cientos de miles, de personas padecerán hambre. Los niños sufrirán de malnutrición, con consecuencias para el resto de sus vidas."

Fino alemán este Strauss-Kahn. Habla en futuro y de cientos de miles. ¿No habrá estudiado nunca las estadísticas de la ONU, que estima ya en mil millones el número de seres humanos que cada noche se van a la cama hambrientos? Le vendría bien escuchar a la portavoz de la UNICEF, Veronique Taveau, quien declaró hace unos días: "Hay 3,5 millones de niños que cada año mueren por malnutrición".

¿Por qué se preocupan entonces, ahora, los defensores de un orden social que concentra en manos de las 200 personas más ricas del mundo tanto dinero como el disponible para el 40 por ciento de la población global?

Los disturbios sociales, que amenazan la estabilidad del sistema capitalista mundial y la tranquilidad del Norte, se han disparado en decenas de naciones del Sur, en frecuencia con el acelerado encarecimiento de los alimentos básicos en el planeta. De acuerdo con la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), en 2007 subieron los precios de los cereales en un 41 por ciento; los aceites vegetales, en un 60 por ciento; y los productos lácteos, en un 83 por ciento. El trigo, el arroz, el maíz y la soya han escalado a cotizaciones récords en los primeros meses de este año, en una evidente aceleración del alza.

Corren ahora el Banco Mundial, el FMI y los G-7 y G-8 en busca de salidas a la crisis. Pero solo piensan en donaciones, lenitivo apenas para el hambre. No pueden hacer más. Las causas del problema, incluso del conflicto de los biocombustibles, están en las reglas del juego del sistema capitalista que defienden: el imperio del mercado. Los precios suben en línea directa con otra hambre no menos tremebunda, la del capital especulativo.

La trampa tendida al mundo por los pícaros estadounidenses desde 1973 al poner a flotar libremente su moneda, les permite emitir dinero sin freno para satisfacer su avidez consumista y cubrir su multimillonario endeudamiento. La depreciación consecuente del dólar, agravada por la actual recesión de Estados Unidos y la crisis crediticia, ha empujado a los fondos de inversión financiera a colocar su dinero en activos más seguros: el petróleo, los metales preciosos e industriales y en alimentos como los cereales. Bajo las reglas de oferta y demanda del mercado, la compra especulativa encarece aún más esos productos y reabona el apetito del capital por los mismos, en una espiral de dudoso fin: el gran negocio del Norte y el gran drama para las masas del Sur sin suficiente dinero para pagar los precios crecientes de una hogaza de pan.

(28 de abril de 2008) (971 accesos)
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